El lunes fui por primera vez al museo budista de Nueva York. Uno que queda en la 17 con seven Avenue en una de las esquinas. Ninguna de las obras que había -excepto las del primer piso: una colección fantástica de fotografías documentales sobre el Tibet en los años 80- estaban firmadas, eran absolutamente anónimas. Ello y mi tía, practicante budista desde hace 15 años, que meditaba frente a los maestros que “personificaban” las obras, hizo que extrañara un poco una actitud ritualista (de pronto?) en el arte. Si fuera por mí me arriesgaría a realizar una exposición con obras sin firmar. Estoy segura que tanto el público como el artista, al no tener su nombre en juego, sería mas honesto tanto en el proceso de creación, como en el de recepción.

Por otro lado, en un encuentro que sólo podría pasar al lado de Vivian, un hindú me leyó la mano. Mas allá de la sospecha de que los hombres harían lo que fuera para conseguir como mínimo un número de teléfono, dijo cosas maravillosas sobre mi y mi destino. A veces creo que parezco una hoja en blanco…. hay otras cosas que quisieran que fueran ciertas. Igual fue en un sitio budista y allí, a veces, parece haber magia.

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